martes, 24 de junio de 2008

"Socorro"


Socorro. Julián 4.

Se suponía que iba a ser divertido y yo estaba pensando en tirarme por la ventana. Atardecía y había comenzado a nevar en la sierra madrileña. Abrí de par en par y el frío me golpeó el cuerpo tratando de devolverme las fuerzas que hacía tiempo daba por perdidas. Me estaba quedando helado y me encantaba; era mejor, menos triste para los míos, aparecer muerto de frío que estrellado en el suelo tras saltar desde la ventana del piso de Abigail.
Veinte minutos antes, cuando Javier y yo llegamos a la casa, Abigail y sus dos primas nos estaban preparando la cena. Pasta, unas tortillas, vino, olía bien y el calor de la chimenea hacía del salón un espacio muy confortable. Javier empezó a picar, estaba contento… yo saludé rápidamente y fui al baño a vomitar.
Las paredes se me echaban encima, el techo me tragaba y el calor me derretía el cerebro. Volví al salón, pedí disculpas y regresé al baño. Entendieron que algo no marchaba bien. Mientras yo andaba con la cabeza metida en la taza del retrete ellos iban apareciendo como peregrinos preguntando por mi salud. “Bien” decía yo, pero estaba que me moría. El baño era un lugar fresco, y yo necesitaba ese frescor. En varias ocasiones tuvieron que entrar para mear, yo me apartaba hacia atrás y las miraba; me decían cosas pero apenas entendía de qué hablaban. Cuando se levantaban volvía a meter la cabeza en la taza. Me sentaba bien estar con la cabeza dentro, era como estar en otro mundo, mi mundo. Entonces tiraba de la cadena y el agua salpicaba mi cara. Corría una brisa fresca, y el rugir de la cisterna cargándose me encantaba. A veces parecía que el retrete tenía música.
Hacía rato que no tenía nada que vomitar. Regresé al salón para avisar de que intentaría dormir un rato; Abigail y sus primas estaban en bragas y mi colega riendo… creo que no me oyeron. Me fui a la habitación y no pude dormir. Estaba jodido. Esta vez me había pasado de la raya… y nunca mejor dicho. Sabía que no moriría, no era eso lo que me preocupaba, lo que de verdad me daba miedo era la sensación, la certeza de que me estaba volviendo loco. Me estaba dando cuenta por momentos de que la cabeza se me iba. Ya no era solo el sudor de la cara y las manos, no era la boca seca ni el corazón a cien por hora, no era el que no pudiera tragar o casi ni respirar, ni los temblores ni los pinchazos, era el saber que ya nada sería igual, que iba a ser un loco y me estaba dando cuenta de ello. Tenía que relajarme, si conseguía dormir seguro que todo pasaría, mañana me despertaría con una tremenda resaca y poco más. Solo tenía que relajarme, si al menos tuviera algo de caballo… pero no tenía. Salí al salón y conseguí convencer a una de las primas de Abigail en bragas para que me hiciera una tila y una mamada. La tila estaba un poco fría y sin azúcar.
Me fui a la habitación y ellos siguieron riendo. Tras varias horas Javier vino a dormir. Estaba cansado, cansado y contento. Yo le rogué por todos los dioses que no se durmiera, que me estaba volviendo loco, el me dijo que me relajara y se quedó dormido.
Abrí la ventana y el frío me taladró la piel. Era fácil acabar con todo, pero el terror a que aquello pudiera seguir aun después de muerto me retuvo. Poco a poco fueron llegando a mi perturbada mente las caras de mis gentes, de los seres vivos a los que quiero y por los que vale la pena seguir luchando. Cuando quise darme cuenta estaba dormido, desnudo.
Cuando desperté no estaba resacoso sino con la misma sensación con la que me acosté. Pedí socorro, pero creo que lo hice hacia adentro. Nos fuimos.
Durante mi recuperación tomé muchas tilas, siempre frías y sin azúcar.
Salud.

1 comentario:

Ysabel dijo...

que angustia, Julián, por Dios.