lunes, 26 de mayo de 2008

La escalera

Estoy parada al pie de la escalera, con el corazón latiendo muy fuerte. Tiene muchos escalones estrechos y altos y sube entre dos paredes hasta el piso de arriba. Está muy oscuro. Demasiado oscuro. Sigo quieta mirando lo oscuro que está.

Mi madre me ha encargado subir al dormitorio grande y buscar en la cómoda el mantel nuevo de color azul y con bordados de rosas blancas que se usa en las grandes ocasiones. Me ha dicho que a mi padre le han dado un premio en su trabajo o su jefe le ha felicitado o algo así y mi madre quiere celebrarlo haciendo una cena especial con chuletas de cordero que son su comida favorita y quiere tener todo listo antes de que mi padre llegue de trabajar para darle una sorpresa.

Mi corazón late cada vez más deprisa. Pero no tengo más remedio que subir. Aunque la escalera está tan oscura y es tan larga… Por fin me decido y empiezo a subir y al principio la cosa va bien, se ve algo todavía, pero la oscuridad aumenta y ya no veo ni los escalones y de repente tengo la sensación de que algo sube detrás de mí, veo algo que se mueve y oigo como un susurro y un chapoteo. Es el monstruo de la escalera. Echo a correr todo lo deprisa que puedo para que el monstruo no me alcance. Pero los ruidos son cada vez más fuertes, giro la cabeza y veo algo largo y blanco detrás de mí y cuando está a punto de atraparme y mi corazón casi va a estallar, llego al último escalón, levanto la mano y doy al interruptor y se hace la luz y miro hacia atrás y respiro tranquila porque la luz ha hecho que el monstruo se asuste y se esconda y ya estoy salvada.

Así que camino por el pasillo hasta el dormitorio grande y abro la puerta y veo la gran cama de invitados con la colcha naranja y brillante que me gusta tanto y no puedo evitar las ganas de tumbarme un rato mirando la lámpara de araña brillando en el techo. Pero oigo a mi madre que me llama a gritos y pego un brinco. Abro el cajón de la vieja cómoda de madera oscura y cojo el mantel azul, que está tan doblado y limpio y huele tan bien. Cierro el cajón, cierro la puerta del dormitorio y llego otra vez junto al interruptor de la luz.

Miro hacia la escalera, ahora iluminada y vacía. Miro el interruptor. Vuelvo a mirar los escalones. Oigo a mi madre llamarme y sé que debo bajar, pero no puedo dejar la luz encendida, porque se gasta y luego cuesta dinero (mi padre me lo recuerda de vez en cuando, que le cuesta mucho trabajo y muchas horas ganar el dinero para que luego yo lo malgaste dejando las luces encendidas). Tengo que apagar la luz. Pero si la apago el monstruo me perseguirá otra vez, y esta vez puede que sea más rápido que yo y consiga atraparme. Empiezo a respirar deprisa, y el corazón me hace mucho ruido en el pecho.

¿Y si no bajo? ¿Y si me quedo a dormir en el piso de arriba, en la gran cama con colchón de lana y colcha naranja? Mi madre se enfadará, seguro. Y mi padre también, y no quiero disgustar a mi padre y menos hoy, que estará tan contento por el premio que le han dado o lo que sea. Quiero que mi padre esté orgulloso de mí por subir y bajar las escaleras yo solita y ser ya una chica mayor. Tengo el mantel azul en la mano y ya huelo las chuletas de cordero y las noto en la boca tan calentitas y jugosas y mordisqueo la carne cogiéndolas con las manos y llego al hueso y lo muerdo y rebaño bien. Siento mucha hambre.

Antes de saber lo que hago levanto la mano, toco el interruptor, la luz se apaga, bajo mis pies comienza la escalera a oscuras, tras de mí está el pasillo negro como la noche y empiezo a bajar corriendo, y enseguida noto al monstruo blanco que se arrastra por los escalones y me persigue e intenta agarrarme con sus tentáculos y esta vez es para cogerme de verdad porque antes se quedó con las ganas y ahora va más deprisa y yo bajo a todo correr los escalones sin mirar atrás. La escalera parece que no se acaba nunca pero el monstruo sigue susurrando detrás de mí y después de lo que me parecen horas llego al último escalón y piso el suelo del pasillo y hay luz y respiro hondo y miro hacia atrás y estoy muy contenta porque he escapado de las garras del monstruo y puedo darle el mantel a mi madre y mi padre estará orgulloso de mí. Voy hacia la cocina con una gran sonrisa.

Han pasado 30 años desde aquella noche. La escalera no es tan oscura ni tan larga, pero sigue alzándose alta y empinada entre dos paredes demasiado juntas. Ahora existe un interruptor abajo para encender la bombilla del piso superior. Estoy inmóvil al pie de la escalera, con todo el cansancio acumulado después de asistir al entierro de mi padre y tras conseguir que mi madre se acostara para descansar, agotada por tantas horas de llanto y pésames. En esta ocasión debo dormir en el cuarto de invitados.

Empiezo a subir los escalones altos y estrechos cubiertos de polvo, sin encender la luz. Subo lentamente, disfrutando el momento, la oscuridad, el silencio de la casa. Cuando llego a la mitad de la escalera mi corazón empieza a latir muy deprisa. Me detengo unos instantes intentando tranquilizarme, repitiéndome que no hay ningún monstruo, que no existen los monstruos. Reanudo la subida y cuando estoy a punto de llegar al final siento algo viscoso y húmedo que rodea mi tobillo y aprieta fuerte tirando de mí.

Método de Creación

II

Abortar la cuerda. ¡Plín! Salte de aquí, no es la nota, no es la música, es la cuerda. Abortarla para que no suene mal, para que no arruine, para que por fin despegue la belleza, tome un jet ultrarrápido, vuele por el espacio y lleve la música. Esta cuerda rota y la falta de dinero para comprar otra. Abortarla. A la cuerda y al sueño estúpido de ser compositora. Y madre. Abortarla así muy fácil. Te tomas dos pastillas y ya está, te vienen algunos dolores, te da fiebre y luego sangre, mucha sangre. Así, igual, cortar esta cuerda desafinada y vieja y esperar hasta que todo termine. Y luego hacer melodía del vacío. Y ritmo del cordón sangrante.


Familia: Este texto ya lo conocen. Pero quiero ponerlo aquí porque me gustaría desarrollar una serie de "Métodos de Creación" y tengo pendiente arreglar el número I

domingo, 25 de mayo de 2008

Sonrisa amarga


Sentado frente a mí, con la mirada perdida en el sucio cenicero de la mesa del bar, levantó la vista y me dedicó la sonrisa más amarga que podía haber sobre la tierra.

No se me ocurrió otra cosa que agarrar un puñado de azucarillos y tirárselos a la cara.

Alfa y omega

El primer monje subió a la última montaña para esperar el único amanecer.
El último monje subió a la única montaña para descubrir el primer amanecer.
El único monje subió a la primera montaña para encontrarse con el último amanecer.

Microrrelatos en Página2


Buenos días, familia.

Os envío un enlace al concurso de microrrelatos de Página2, por si os apetece enviar alguna cosilla:


Este mes de mayo el tema es libre, pero hay que "sujetarlo" a sólo veinticinco palabras.
Un besote,
Gloria

Pequeños fragmentos I

Saqué de la chistera tu mirada triste.
La mariposa que volaba sobre tu cabeza,
arrastró las lágrimas pegadas a sus alas.
Tus ojos volvieron a sonreir.
La mariposa nunca más podrá volar.

El final


Abrí la puerta y vi las muñecas abandonadas en el suelo. Los perros no habían ladrado. El silencio me contó el resto.

sábado, 24 de mayo de 2008

La condición (v. 1.1)

—Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero —le dije al subirme al tren, sin ocultar mi irritación.

—Si tú me dices ven, lo dejo todo —me respondió ella con dulzura.

jueves, 15 de mayo de 2008