domingo, 13 de julio de 2008

La Odisea

Apenas pude dormir aquella noche, entre los truenos y los relámpagos de la tormenta veraniega, y los nervios por la entrevista del día siguiente. Era mi primera entrevista de trabajo, recién acabada la carrera de informática, en una empresa de servicios informáticos, en pleno centro de Madrid. Muerta de sueño, di al interruptor de la lámpara de la mesilla y la luz no se encendió. «Volvieron a saltar los plomos, joer», pensé furiosa. La tercera vez en lo que iba de verano en este maldito pueblo. Con ayuda de una linterna, conseguí ducharme y desayunar un vaso de leche semidesnatada. Me vestí con mi único traje, comprado hacía dos semanas en Toledo, un traje de verano de chaqueta y pantalón color canela y blusa beige. Miré el reloj de la cocina y vi que iba a llegar tarde para coger el autobús de las siete de la mañana, el primero que salía de mi pueblo, Tocecanto del Pedernal, en dirección a la capital, así que caminé todo lo deprisa que pude por el camino medio asfaltado que separaba mi casa del pueblo, y justo antes de llegar a las primeras casas, tropecé con un pedrusco y caí al suelo de bruces con todo mi peso. Horrorizada, vi que el pantalón se había roto a la altura de la rodilla izquierda. «Bueno», pensé, «en el autobús lo remendaré con la aguja e hilo que suelo llevar en el bolso», que como dice mi madre, «mujer previsora vale por dos». Llegué a la parada y me extrañó que no hubiera nadie, a pesar de ser lunes y faltar sólo diez minutos para que pasara el autobús. Me senté en el banco lleno de pintadas y pipas por el suelo y traté de calmarme respirando hondo. Pasaron cinco, diez, veinte y treinta minutos. A las siete y media, pasó el madrugador de Basilio, un pastor de ovejas ya jubilado, con su eterna boina y su garrota, y me anunció que hacía dos semanas que habían cambiado la parada de sitio, que ahora estaba tres calles más arriba. Así que como el autobús ya estaba perdido y bien perdido, decidí hacer autoestop, aunque no me gustaba nada de nada, pero siempre solía pasar algún conocido que iba a Toledo o a Madrid a currar, y me podrían llevar hasta el pueblo cercano, Almendral de la Cañada, por donde pasaban los autobuses con dirección a Madrid cada media hora.

Me fui hasta la salida del pueblo, junto a la iglesia, y media hora de espera después pasó un coche, conducido por Paulino, el hijo del carnicero, y me subí en él. Era una furgoneta blanca con un letrero en letras azules que decía: «Carnecería Gutiérrez», con más arañazos y abolladuras que zonas sanas. Avanzamos por la carretera llena de baches, que el alcalde se negaba a volver a asfaltar alegando la falta de presupuesto, que sin embargo aumentaba milagrosamente cuando se trataba de subir el sueldo a todo el consistorio, o cuando había que organizar las fiestas de San Antonio de Padua, patrono del pueblo, por todo lo alto. En uno de esos baches, que más bien era un socavón, la furgoneta dio un brinco y la rueda delantera derecha hizo un ruido extraño. “Joder, hemos pinchado”, dijo Paulino. Y se bajó de la furgoneta para arreglar el pinchazo, porque encima no tenía rueda de repuesto. Le dí las gracias amablemente por el corto recorrido y me encaminé por el arcén izquierdo hacia el pueblo cercano, total, me dije, sólo eran unos cinco kilómetros, aunque ya empezaba a hacer calor. Cuando por fin llegué a Almendral, unos 50 minutos después, estaba tan sucia por el polvo del arcén y tan sudorosa y con el pantalón roto además y era tan tarde, que lo único que se me ocurrió fue que no tenía que ir a aquella dichosa entrevista, porque con esas pintas sería un milagro que me cogieran. Así que llegué a la parada del autobús que iba en dirección a mi pueblo (esta vez me aseguré bien de que era esa la parada, preguntando a varias personas), y me senté a esperar, tan tranquila. Otra vez sería.

martes, 8 de julio de 2008

La jarra


LA JARRA



- ¡ Bobby , tengo en la mano la jarra que me regaló la tía Lu el día que cumplí quince años! .
- ¿¡Qué!?
- ¡Que he encontrado la jarra “Sancho Panza”!
- ¡Que ¿qué?!
- ¡Ven aquí que ya no voy a gritar más!

Bobby se acercó a la cocina saltando entre las cajas de mudanza.

- Dime, sweetheart.
- Que he encontrado la jarra “Sancho Panza”. Creí que la había perdido. Ufffff. No querría que se perdiera por nada del mundo.
- Si la tienes tanto cariño no sé por qué no estás más atenta al empaquetar las cosas, darling.
- ¿No te parece que tiene la panza más grande que antes?
- Pues no.

Le miré con cara de “tú qué sabrás” y examiné minuciosamente la jarra: esférica, el asa grande, la circunferencia arriba, la pequeña hendidura en forma de pico, cubierta de conchas pulidas como las que coleccionan los niños en la playa... Todo parecía normal pero yo tenía la sensación de que era más grande.

Bobby se encogió de hombros y, ya que estaba allí, metió su pálida cara en una de las cajas y me pareció que de tazas de porcelana salió un destello que le iluminó los ojos verdes, las pecas y el pelo amarillo.

Le miré sorprendida pero enseguida los recuerdos desdibujaron el presente.

Estábamos en la cocina. Amanecía en Madrid y una luz grisácea entraba por la ventana del patio interior junto a la que estaba la mesa donde mi tía y yo desayunábamos. El frío del granito traspasaba la chaqueta y la camisa de mi uniforme. La tía Lu masticaba con lentitud la tostada. La miré fijamente, estudiándola y pensé: Es la negra más guapa que he visto en mi vida. Yo, en cambio, he salido a mamá, más feíta, pero con los kilos de la tía. ¡Qué horrible combinación!.

- Nena, come. Un buen desayuno presagia un buen día y....

Mientras siguió hablando, no recuerdo de qué, apoyó las manos en la mesa, se levantó lentamente, se dirigió con ritmillo bailarín al armario que tenía al lado del frigorífico y sacó lo que parecía una bola de mago con asa. Volvió sobre sus pasos con “eso” en las manos, cantando:

♫ Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te desea tu tía, cumpleaños feliz ♫

- ¡Qué bonito! – Exclamé llena de excitación. Me levanté para coger mi regalo de cumpleaños y pregunté: ¿Qué es?
- ¿No ves que es una jarra? Me miró con ojos incrédulos y apoyó los brazos en sus grandes caderas, preludio de una de sus historias.
- Pues no parece una jarra, pero es preciosa. Gracias tía.
- No es cualquier jarra. Obsérvala bien. ¿No te has dado cuenta de algo?
- ¡No tiene base!. Grité.
- Efectivamente. Tú no la ves pero está ahí. No te fíes de tu vista, mi niña. Pon la jarra encima de la mesa.

La dejé como me ordenó. Yo esperaba que se cayera como un tentetieso o como el Sr. Patata . La jarra no se movió. Observé maravillada.

- ¿ Te has fijado que está cubierta de conchas?
- Es muy original.
- Pues es tu bisabuela.

No entendí nada. Estaba totalmente confundida.

Se sentó para estar más cómoda y pensé: se ha sentado, llegaré tarde al cole....

- No te muevas de aquí, llamaré a tu colegio para decir que no vas a ir.
- Pero tía.
- Pero nada. Hay cosas más importantes.

Volvió a levantarse, esta vez con una rapidez pasmosa, y salió de la cocina en dirección a la sala donde estaba el teléfono. Sus pasos hacían crujir el parquet. Me senté de nuevo y vi que mi desayuno seguía intacto. Entendí en ese momento por qué mi madre no quería que me juntara demasiado con la tía Lu.

Cuando regresó empezó a hablar. No sé cuánto tiempo estuvo contándome la historia y no me acuerdo bien de los detalles pero era algo así como que antes de que ella naciera, en su país las conchas eran el dinero. Luego llegaron los blancos e introdujeron las monedas y las conchas volvieron a ser lo que nunca dejaron de ser: la correa de transmisión entre el pasado y el futuro. Cada vez que había un nacimiento los más viejos designaban quién de la familia iba a ser el ángel guardián de ese nuevo miembro del clan. Una vez que se había manifestado el antepasado a través de un complicado ritual, al bebé se le ponía una pulsera hecha de conchas que ahuyentaba los malos espíritus y era el medio por el que el antepasado actuaba. Mi hermana y yo teníamos a la bisabuela Buiareó para protegernos. Mi hermano, como nació ya en Madrid, no tenía protección. Así le iba. Mi tía Lu tenía miedo de que se perdieran las pulseras y por eso pidió permiso a mamá para llevárselas y las utilizó para rematar la jarra. Cuando cualquier de las dos estuviéramos mal, en apuros o tristes mi bisabuela vendría y la jarra se haría más grande. Cuando todo estuviera bien, la jarra sería simplemente eso, una jarra. Como mi hermana pasaba bastante de todo decidió dármela a mí cuando tuviera la edad suficiente.

El ruido de la enésima taza que rompía Bobby me devolvió bruscamente a la realidad.

- ¿Qué ha pasado?- Pregunté.
- Fuck, fuck, fuck.
- Otra taza, ¿verdad?.
- Lo siento, darling.
- No te preocupes. Podremos vivir sin otra taza.

Volví a examinar la jarra.

- Bobby, ¿no crees que la jarra está más grande?

Bobby miró pero no vio nada extraño.


¿Estará aquí mi bisabuela? Pensé. No me parecía que nada fuera mal. ¿Sería que iban a ir mal las cosas a partir de entonces?. Empecé a inquietarme. Abracé la jarra y me sentí mejor. Nada iba a salir mal.

MARÍA BONNEY

lunes, 7 de julio de 2008

La final de los microrrelatos de la Ser

Aquí os dejo el audio de la final, donde podemos disfrutar de nuestro Julián:

sábado, 5 de julio de 2008

Autobiografía n 100 palabras. SER

Nací bajo el cielo de Madrid. Un rancio y cruel dictador miraba de cara al sol. Luego empezó a llover a cántaros.
Crecí entre seres que valía la pena querer, convencido de que otro mundo era posible… uno mejor. Me perdí entre las cloacas y el rock&roll. Me reproduje y en los ojos de mi hijo encontré la eternidad de los ateos y la posibilidad de ese otro mundo.
Dentro de mil años moriré, o tal vez antes si no soy capaz de hacer algo para evitarlo. Entretanto, trato de disfrutar de la vida y sus gentes animales.

Microrelato SER

-No, así es el infierno.
-Pues no me gusta. Me casé contigo para ser feliz no para terminar en el infierno. ¿Y estás seguro que no podemos meter un ventilador?
- Segurísimo, aquí se viene a pasarlo mal.
-Pues yo con el calor no puedo, bien lo sabes, que no se de que han servido estos cuarenta años juntos. ! Al final me voy a morir de un sofoco!
-Pero mi vida, ¿no te das cuenta? si estamos en el infierno es porque ya estamos...
-Calla, calla y déjame de monsergas. Dile a estos señores que o nos dejan meter un ventilador o yo me vuelvo con tu madre.

jueves, 3 de julio de 2008

GOLPE ABAJO

- ¿Tienes hijos? - me preguntó.
- No - le respondí con voz temblorosa - ¿Eres casada? - agregué.
- No - me dijo, con un tono tristón.

miércoles, 2 de julio de 2008

Carpe Diem

Keis y Naste estaban encaramados en lo más alto de la grúa amarilla que se agarraba al lateral de la Torre Espacio, a varios metros sobre su azotea, en el complejo de las Cuatro Torres madrileñas, junto a la Castellana. Balanceaban sus piernas en el vacío mientras el sol se ponía detrás del Hospital de La Paz. Naste tenía la piel marrón oscuro, el pelo rapado al uno y la voz algo ronca. El pelo de Keis era largo y su nariz aguileña, y guiñaba el ojo izquierdo cuando se quedaba pensativo. Los dos iban vestidos con camisa y pantalón negros, sin ningún distintivo. Eran dos ángeles encargados de acompañar a los moribundos del hospital en sus últimos momentos.


—Hoy la he vuelto a ver saliendo del Hospital de Día —dijo Keis mirando fijamente al sol.

—¿Aún sigues dándole vueltas a ese asunto? —exclamó Naste.

Keis se quedó callado unos segundos y suspiró.

—Tengo que hacerlo.

—Vamos, Keis, no digas estupideces. ¿Y quieres renunciar a todo lo que tienes?

—Me aburre la eternidad, Naste —dijo Keis mirándole a los ojos—. Me aburre infinitamente.

—¿Que te aburre la eternidad? La eternidad es cojonuda, tío. Y no tener dolores ni enfermedades ni morir nunca y poder trasladarse con la velocidad del pensamiento, ¿eso también te aburre?

Keis sólo movió la cabeza arriba y abajo, muy despacio. El sol cada vez estaba más rojizo.


—¿Y quieres perder todo eso a cambio de qué? —continuó Naste— ¿De conocer a una pobre chica enferma de cáncer que va a morir en pocos meses? No te va a servir de nada, y a ella menos.

—Quiero saber lo que es amar a una sola persona.

—¿Pero te estás oyendo, tío? —Naste arrugó la nariz y ladeó la cabeza. Keis no le escuchaba.— Tú te has dado un golpe en la cabeza al subir a la grúa, ¿verdad?

—No ayudamos bien a morir, Naste, porque no sabemos lo que es sufrir ni sabemos lo que es amar. ¿De qué nos sirven todos nuestros poderes y nuestra capacidad de amor infinito hacia todo el género humano, si no sabemos lo que es amar a una sola persona? —Keis movía las manos y se balanceaba sobre la grúa— Nos plantamos junto a la cabecera de un pobre hombre que agoniza mandándole todas nuestras hermosas y maravillosas vibraciones, pero no le conocemos ni le amamos como individuo, sino como una minúscula parte de la Humanidad. Eso no es amar. No hacemos bien nuestro trabajo, Naste.

—No lo digas muy alto, Keis, que como te oiga el jefe —y alzó la vista al cielo— te enviará durante tres siglos a la Antártida, para ayudar a morir a los pingüinos.

—No hará falta. Me voy a lanzar. —La única forma de dejar de ser ángel y volverse mortal era lanzarse al vacío desde una altura tan considerable como aquella en la que se encontraban.

Naste le observó durante unos segundos con una expresión extraña, mezcla de incredulidad y compasión, y después exclamó:

—Decidido, estás loco de remate. Paso de intentar convencerte. Haz lo que te dé la gana. —Se puso de pie y se esfumó en el aire.

Keis, ya solo, miró hacia abajo, vio la última planta del rascacielos a unos diez metros bajo sus pies, y doscientos y pico metros más abajo vio el asfalto de la calzada. Miró el hospital, recortado sobre el horizonte por donde el sol se moría poco a poco. Recordó una vez más a la muchacha con la cabeza cubierta por el eterno pañuelo verde y sus brazos, blancos como un folio sin escribir, acribillados por la quimioterapia. Deseó tocar esa piel con la punta de los dedos. Volvió a mirar los centenares de metros de vacío que le separaban de la mortalidad. «¿Me dolerá?», pensó fugazmente. Respiró hondo un par de veces y tomando impulso se lanzó al vacío como si se zambullera en un mar muy profundo.