miércoles, 2 de julio de 2008

Carpe Diem

Keis y Naste estaban encaramados en lo más alto de la grúa amarilla que se agarraba al lateral de la Torre Espacio, a varios metros sobre su azotea, en el complejo de las Cuatro Torres madrileñas, junto a la Castellana. Balanceaban sus piernas en el vacío mientras el sol se ponía detrás del Hospital de La Paz. Naste tenía la piel marrón oscuro, el pelo rapado al uno y la voz algo ronca. El pelo de Keis era largo y su nariz aguileña, y guiñaba el ojo izquierdo cuando se quedaba pensativo. Los dos iban vestidos con camisa y pantalón negros, sin ningún distintivo. Eran dos ángeles encargados de acompañar a los moribundos del hospital en sus últimos momentos.


—Hoy la he vuelto a ver saliendo del Hospital de Día —dijo Keis mirando fijamente al sol.

—¿Aún sigues dándole vueltas a ese asunto? —exclamó Naste.

Keis se quedó callado unos segundos y suspiró.

—Tengo que hacerlo.

—Vamos, Keis, no digas estupideces. ¿Y quieres renunciar a todo lo que tienes?

—Me aburre la eternidad, Naste —dijo Keis mirándole a los ojos—. Me aburre infinitamente.

—¿Que te aburre la eternidad? La eternidad es cojonuda, tío. Y no tener dolores ni enfermedades ni morir nunca y poder trasladarse con la velocidad del pensamiento, ¿eso también te aburre?

Keis sólo movió la cabeza arriba y abajo, muy despacio. El sol cada vez estaba más rojizo.


—¿Y quieres perder todo eso a cambio de qué? —continuó Naste— ¿De conocer a una pobre chica enferma de cáncer que va a morir en pocos meses? No te va a servir de nada, y a ella menos.

—Quiero saber lo que es amar a una sola persona.

—¿Pero te estás oyendo, tío? —Naste arrugó la nariz y ladeó la cabeza. Keis no le escuchaba.— Tú te has dado un golpe en la cabeza al subir a la grúa, ¿verdad?

—No ayudamos bien a morir, Naste, porque no sabemos lo que es sufrir ni sabemos lo que es amar. ¿De qué nos sirven todos nuestros poderes y nuestra capacidad de amor infinito hacia todo el género humano, si no sabemos lo que es amar a una sola persona? —Keis movía las manos y se balanceaba sobre la grúa— Nos plantamos junto a la cabecera de un pobre hombre que agoniza mandándole todas nuestras hermosas y maravillosas vibraciones, pero no le conocemos ni le amamos como individuo, sino como una minúscula parte de la Humanidad. Eso no es amar. No hacemos bien nuestro trabajo, Naste.

—No lo digas muy alto, Keis, que como te oiga el jefe —y alzó la vista al cielo— te enviará durante tres siglos a la Antártida, para ayudar a morir a los pingüinos.

—No hará falta. Me voy a lanzar. —La única forma de dejar de ser ángel y volverse mortal era lanzarse al vacío desde una altura tan considerable como aquella en la que se encontraban.

Naste le observó durante unos segundos con una expresión extraña, mezcla de incredulidad y compasión, y después exclamó:

—Decidido, estás loco de remate. Paso de intentar convencerte. Haz lo que te dé la gana. —Se puso de pie y se esfumó en el aire.

Keis, ya solo, miró hacia abajo, vio la última planta del rascacielos a unos diez metros bajo sus pies, y doscientos y pico metros más abajo vio el asfalto de la calzada. Miró el hospital, recortado sobre el horizonte por donde el sol se moría poco a poco. Recordó una vez más a la muchacha con la cabeza cubierta por el eterno pañuelo verde y sus brazos, blancos como un folio sin escribir, acribillados por la quimioterapia. Deseó tocar esa piel con la punta de los dedos. Volvió a mirar los centenares de metros de vacío que le separaban de la mortalidad. «¿Me dolerá?», pensó fugazmente. Respiró hondo un par de veces y tomando impulso se lanzó al vacío como si se zambullera en un mar muy profundo.

Luna de Agosto

A menudo recuerdo aquella noche de agosto en que me invitaste a dar un paseo por el campo. Yo estaba tan nervioso y tú parecías tan tranquila. Habíamos estado en el pub del pueblo, hablando de nuestros sueños, tomando una caña tras otra, haciendo planes para irnos a Madrid, tú huyendo del pueblo que te asfixiaba y de las broncas de tus padres, yo pensando sólo en seguirte. Íbamos por el camino que lleva a la huerta del Comandante, cuando te paraste de pronto, mirando la luna llena enmarcada por dos álamos blancos. Así estuviste varios minutos que se me hicieron eternos. Te llamaba por tu nombre, pero no me oías. Entonces te volviste hacia mí y me miraste con una expresión extraña, tan serena, todas las facciones de tu cara relajadas, con una mirada como si estuvieras viéndome por dentro, sonreíste y dijiste «Así que esto es la eternidad, no está mal». No entendí nada, pero en ese momento supe que te amaba con locura. Tuve el impulso de besarte, pero sentí que te encontrabas a millones de años luz de mí, y era imposible alcanzarte. Luego te oí murmurar algo de que lo habías visto todo en un momento, como si no existieras, como si tú fueras todo y se hubiese parado el tiempo. Ni siquiera intenté comprenderte, sólo miraba tus labios moverse y tus ojos color avellana clavarse en mí y en la luna llena alternativamente.

Poco después te fuiste a Madrid a realizar tus sueños y no pude seguirte, liado con el negocio de mi padre, aquella tienda de comestibles que daba más deudas que beneficios. Por Laura, la única amiga del pueblo que conservaste, supe que al principio habías encontrado un buen trabajo en una floristería, pero que últimamente cambiabas de empleo cada pocos meses, que habías perdido casi por completo el contacto con tus padres, que andabas metida en jaleos de alcohol y drogas, y que llevabas una vida sexual desenfrenada. Cuando por fin pude irme a trabajar a Madrid, pasados un par de años, te busqué durante meses como un sabueso hasta que averigüé dónde vivías. Merodeé por tu calle muchas tardes, esperando verte. Un día te vi sentada en un banco, la cabeza apoyada en las manos, mirando el suelo fijamente. Me senté a tu lado sin decir nada. Alzaste la cabeza y me miraste con la misma expresión taladradora de aquella noche de luna, pero tenías ojeras, la cara demacrada y un rictus de amargura en la boca. Siempre en silencio, hiciste un amago de sonreír, y me diste un beso fugaz en los labios. Te levantaste despacio, como si no pudieras con el peso de tu cuerpo y te alejaste calle abajo, hasta desaparecer entre la gente.

sábado, 28 de junio de 2008

"El señor de las cosas"

“El señor de las cosas” Julián 6

- Buenas tardes señor Clemente.
- Vaya, otra vez tu por aquí, ¿es que no te cansas nunca?

Tomás acaba de entra en la tienda del señor Clemente. Es una tienda grande, llena de productos, por miles se podrían contar. Si dijéramos que es una de las tiendas más grande del pueblo mentiríamos, no solo es la más grande del pueblo si no la única, la única tienda a cien kilómetros a la redonda. Nadie puede comprar nada que no sea en la tienda del señor Clemente, lo cual le convierte en uno de los hombre más ricos de la región, tan solo superado por algunos políticos. Pero todos los millones del mundo no consiguen que deje de atender su negocio en persona. El tipo vende de todo; las semillas de los agricultores, sus trajes, sus herramientas, les vende los alimentos que ellos mismos cosechan y los materiales para fabricarse las casas donde viven. Por supuesto, los terrenos donde construyen las casas también se los vende el señor Clemente. Vende dinero a plazos para que los campesinos se lo puedan gastar en su gran tienda.
Les vende las medicinas para curar los dolores del cuerpo y licores para los males del alma… y tabaco, mucho tabaco. Por supuesto, los dolores de cuerpo y alma surgen de tanto trabajo penoso para poder devolver lo que el señor Clemente les presta. Ni que decir tiene que en la tienda del señor Clemente se venden armas para matarse y cajas de pino para meter a los seres queridos y a los odiados. También vende trampas para ratones, y como esta es una zona donde los ratones no crían de manera natural, él tiene en la parte de atrás de la tienda un criadero a pleno rendimiento, cada semana deja en libertad a las crías de la camada anterior.
Perfumes, joyas, flores, artefactos del “futuro” y cañas de pescar, en una región donde el trozo de charca mas cercano esta mas allá de los limites que jamás un hombre podría alcanzar con sus propios medios, y no había otros, o al menos el señor Clemente no los vendía, y era bien sabido que si el señor Clemente no lo vendía es porque no existía, simplemente. ¿Y libros? Solo uno, “La Biblia”, y una especie de catecismo escrito por él mismo en el que se regocija explicando lo altamente pecaminoso del uso del preservativo… eso si, al fondo de la tienda tiene una maravillosa sección dedicada a los bebes: lociones, pañales, chupetes, todo un mundo de artilugios.
Aunque el verdadero negocio, con lo que nuestro tendero se hace rico hasta el insulto es con la compra-venta de amor.


- …ya le he dicho varias veces que no está en venta.
- No se da cuenta, yo no soy como el resto, no quiero comprar una de sus mujeres para satisfacer mis impulsos sexuales y acabar revendiéndola dentro de un par de años. Yo me he enamorado.

El señor Clemente anda colocando un par de riñones con piedra que le acaban de llegar en la zona de compra-venta de órganos con pequeñas taras, bajo un cartel que dice: “Por lo que vale un riñón si son con piedra llévese dos”.

- Vamos a ver, me importa un rábano que te hayas enamorado.

- Señor Clemente escúcheme atentamente –cosa que el hombre no parecía hacer-. Vengo a pedirle la mano de hija Gloria, ¿no ve usted como trata a los pajarillos?
- Que no me vuelvas a hablar de mi niña ni de los pajaritos, que para pájaros los de tu cabeza. Que ya te he dicho más de cien veces que no está en venta y ni mucho menos pienso regalártela, o sigues como hasta ahora o ya puedes ir despidiendo de ella.
- Pero señor Clemente, yo no puedo permitirme seguir pagando un alquiler tan alto por su hija, además estoy enamorado de ella y creo que ella también lo está de mi.
- Mira y escúchame tu a mi con atención. Me importa un pimiento que te hayas enamorado de mi niña, y lo que creas acerca de sus sentimientos es algo que me importa menos aún. Si te parece caro lo que te cobro por una semana de alquiler con mi tesoro eso es porque no la querrás tanto…
- No, no es eso, es que no me llega con lo que trabajo, gano quinientos euros a la semana
- …pues trabaja más…y una cosa te digo, si no te la llevas tu se la llevará otro, tengo la lista llena esperando que dejes de alquilarla, y que recuerde, desde que cumplió los quince no ha habido semana sin que pasaras a por ella…
- No puedo permitir que se vaya con otro.
- A ver si eso que llamas amor no es más que un sucio sentimiento de posesión…no te equivoques, mi niña es de mi propiedad. Si tanto la quieres tal vez deberías dejarla marchar de tu lado y que pruebe cosas nuevas.

Ahora el rico tendero anda en la zona de bichos, el tipo también vende los gurriatos que se encuentra por la calle o tal vez los roba de los nidos, aunque solo los locos compran polluelos de gorrión, solo los locos o los románticos. Pero en este pueblo no hay románticos, a no ser este tonto enamorado de su hija.

- Se que es amor porque cuando lloro me da la teta y se me pasan las ganas de llorar, me quedo escuchando su corazón, rozando su tripa con la mía y ahí paso las horas. Se que es amor porque el primer día que la tuve en alquiler le peque fuego a la tele. Se que es amor porque me siento solo sin la tele y sin ella…
- Muy bien hijo, déjame de sermones, voy a cerrar la tienda y si antes de que baje la reja no veo los quinientos euros de esta semana, mañana se irá con el gordo Gutiérrez.

El tendero echó los cuatro cerrojos y por unos metros los dos hombre caminan juntos.
- Es usted un tipo muy desagradable señor Clemente, ojala no tuviera que volver a verle nunca.
- Por cierto, me pregunto de que comes si todas las semanas me pagas los quinientos euros por alquilar a mi hija, que yo sepa aun le sale leche de las tetas. Los románticos sois unos petardos… espero verte la semana que viene.

Salud.

jueves, 26 de junio de 2008

Madrid y El Sueño


Dedicado a mi familia literaria.

He llegado a casa, he puesto dos lavadoras, he estirado sobre la cama las camisetas y en las perchas los vestidos arrugados, pero limpios, que quedaban en la maleta y he aireado los zapatos en el balcón.

Solsticio de verano. Calle Alburquerque, 14. Una caminata rápida desde el hotel y un burbujeo también rápido en el estómago que me inquieta ante la cercanía. David señala un grupo pequeño, la mitad al sol, la otra mitad a la sombra en el umbral de la sala Clamores. Mi cara interrogante les da la pista y Marta me señala directamente: «Es Gloria». Nos abrazamos. Allí está Ysabel, como si la conociera de toda la vida, con sus ojos verdes y dorados; está Luis, sus gafas, su camisa roja y su auténtica pinta de escritor; Alicia, super Alicia, serena, tenía tantas ganas de conocerla…

Compramos nuestro libro en la entrada. Sentí su peso bajando las escaleras. Seiscientas cuarenta y nueve páginas y cuatrocientos y pico aprendices de contadores de verdad pululando entre ellas. Susana, nuestra Perla Negra, llegó un poquito más tarde. Tiene una suerte de aura mágica. Nos encontró firmando, porque Ysabel había traído cuatro rotuladores con purpurina de distintos colores y su libro de El sueño del gato lleno de pegatinas, verdes o amarillas, marcando la página de cada uno de nosotros para dedicárselo, a ella y a Andrea. Algunos nos hicimos un lío con el libro de Luis: yo de palabra, que estuve a punto de dedicarle su propio relato y Julián de hecho, que lo hizo, vamos.

Por el pequeño escenario con piano de cola vimos desfilar a los profesores, a algunos alumnos que se atrevieron a leer, a la artífice del prólogo de nuestro Sueño, al director de la Escuela y al maestro de maestros Enrique Páez. Entre dedicatorias y risas pasamos el rato.

Alrededor de las diez apareció Julián-rock, espigado, su pelo largo recogido en una coleta, respira sensibilidad en estado puro. Ana, su mujer, nos acercó al coche para ver al precioso bebé de ocho días que dormía plácidamente. Ysabel nos dejó y nos fuimos caminando a una plaza cercana. Aún no corría una pizca de viento y todavía había luz en el cielo. Las terrazas de la plaza Olavide estaban llenas de gente esperando el frescor de la noche por venir en el día más largo del año, pero conseguimos pronto una mesa. Y allí estuvimos charlando de todo un poco, hablamos de la confusión Luis-Javier, echamos de menos a Berna y a Andrea y a Javier y picoteamos croquetas, patatas y calamares. Hasta casi las una.

Ahora mis familiares literarios son nombres con cuerpo y cara. Lo más sorprendente ha sido reconocer en cada mirada, en cada gesto, un email, unas frases en el chat, un relato ingenioso. Es fácil imaginar a una persona a quien no has visto nunca y luego darte el batacazo en el encuentro. Pero aquí, en Clamores, en Madrid, todos han resultado ser lo que se desprendía de ellos a través del monitor brillante de mi Toshiba, y los lazos fundados en estos casi seis meses, han cobrado “realidad” y se han hecho más anchos y más prietos.

Un abrazo y un beso de los grandes a todos. Ha sido un verdadero placer conoceros.

Gloria


martes, 24 de junio de 2008

"El reencuentro"

El reencuentro. Julián 5

Han pasado veinte años desde que se vieron por última vez. El orfanato cerró sus puertas y fueron separados, pero antes prometieron que volverían a reunirse allí mismo cuando cumplieran los treinta…

- Tenía tantas ganas de veros, dadme un abrazo.

Los cinco se abrazaron con fuerza. Llevaban veinte años sin verse pero se sentían tan unidos que pareciera que jamás se hubieran separado. Estaban verdaderamente contentos, se achuchaban y no dejaban de darse besos y de reír mientras hablaban animadamente. Tan sólo a uno de ellos se le notaba cierta intranquilidad, un deje en la mirada, como un no saber qué es lo que estoy haciendo aquí… no paraba de fumar.

- Luis, deja de fumar que te vas a morir.
- Tranquilo Fran, solo fumo por vicio.- Contestaba Luis sonrojado.
- Y tu Bea, estás preciosa, siempre supe que serías toda una belleza, no como estos dos que siguen igual de feos que siempre.

Fran siempre hablaba de los dos hermanos de la misma forma, siempre les trató de feos… aunque desde el cariño. Cuando él hablaba los demás callaban y luego reían, todos menos Luis, que no dejaba de fumar, si acaso algún esbozo de sonrisa mientras miraba hacia los lados.

- ¿Qué te pasa Luis, estás nervioso?- le susurra Bea cariñosa.
- Me emocioné al veros Bea, solo eso… ¿cumpliste con la otra promesa?- susurró a la chica.
- ¿Qué promesa?

Los hermanos eran gemelos pero se diferenciaban por el bigote, uno llevaba y el otro no. Eran fuertes o gordos o robustos, pero sobre todo vestían muy mediocre, nada de marcas, se notaba que eran carpinteros o albañiles o tal vez carniceros. Sin embargo Bea vestía muy bien; falda lisa blanca, recatada por debajo de las rodillas a juego con una camisa blanca muy escotada, parecía una puta cara y a eso olía.

- ¡Qué bien hueles Bea!- dijo uno de los hermanos gordos.

Fran era tranquilo, con la espalda siempre recta, sacando pecho y metiendo barriga. En un par de ocasiones le dio un par de azotes en el culo a Bea como si supiese a qué se dedicaba y ella… siempre sonriendo. Luis sin embargo andaba cabizbajo, se había quedado calvo… de tanto fumar seguramente. Tenía los hombros caídos, iba como metido hacia adentro, como si algo le pesara.

- Bueno que!¿Habéis cumplido la promesa?- preguntó sonriente Fran.
- ¿Qué promesa?- dijo uno de los hermanos mientras le daba un codazo al otro.
- La promesa, ¿acaso no lo recordáis?
- Yo tuve dos hijos- dijo Bea tratando de cambiar de tema.
- y tu Luis ¿recuerdas la promesa?...¿no serás policía verdad?...los policías fuman mucho.
- Hace mucho tiempo de aquella promesa Fran -respondió sonriente uno de los hermanos-.
- No me digas que hace mucho tiempo, de sobra sé que hace mucho tiempo, hace veinte años.
- Nosotros montamos una carnicería Fran, cerca de la playa, y no nos va nada mal ¿verdad hermanito?-intervino el otro hermano, el del bigote.
- Vamos a ver, ¿de que me estáis hablando?, Que carnicerías ni que ostias… prometimos que cada uno de nosotros mataría a un cura antes de volvernos a reunir y que traeríamos sus dedos en una bolsa para hacernos una sopa… jajaja, no os acordáis??? ¡Cómo éramos!, ¡qué asco les teníamos a esos cabrones! Venga anda, vámonos a comer, que invitan los carniceros.
- Luis, deja de fumar y de mirar de lado, que ya estamos juntos.
- Déjale Bea, que yo sé porqué está así, ¿verdad Luis?, pensaba que todos vendríamos con nuestro cura muerto y él aquí preocupado por no traer su ristra de huesos; anda bobo, vamos, que nos vamos a divertir. Luego veremos si nuestra amiga Bea nos enseña cómo le ha ido a ella la vida.

Y así se fueron todos juntos, abrazados y sonriendo. Luis iba el último, cabizbajo, tímido. Encendió otro cigarro y tiró al suelo un montón de huesecillos finos y largos.

Salud.

"Socorro"


Socorro. Julián 4.

Se suponía que iba a ser divertido y yo estaba pensando en tirarme por la ventana. Atardecía y había comenzado a nevar en la sierra madrileña. Abrí de par en par y el frío me golpeó el cuerpo tratando de devolverme las fuerzas que hacía tiempo daba por perdidas. Me estaba quedando helado y me encantaba; era mejor, menos triste para los míos, aparecer muerto de frío que estrellado en el suelo tras saltar desde la ventana del piso de Abigail.
Veinte minutos antes, cuando Javier y yo llegamos a la casa, Abigail y sus dos primas nos estaban preparando la cena. Pasta, unas tortillas, vino, olía bien y el calor de la chimenea hacía del salón un espacio muy confortable. Javier empezó a picar, estaba contento… yo saludé rápidamente y fui al baño a vomitar.
Las paredes se me echaban encima, el techo me tragaba y el calor me derretía el cerebro. Volví al salón, pedí disculpas y regresé al baño. Entendieron que algo no marchaba bien. Mientras yo andaba con la cabeza metida en la taza del retrete ellos iban apareciendo como peregrinos preguntando por mi salud. “Bien” decía yo, pero estaba que me moría. El baño era un lugar fresco, y yo necesitaba ese frescor. En varias ocasiones tuvieron que entrar para mear, yo me apartaba hacia atrás y las miraba; me decían cosas pero apenas entendía de qué hablaban. Cuando se levantaban volvía a meter la cabeza en la taza. Me sentaba bien estar con la cabeza dentro, era como estar en otro mundo, mi mundo. Entonces tiraba de la cadena y el agua salpicaba mi cara. Corría una brisa fresca, y el rugir de la cisterna cargándose me encantaba. A veces parecía que el retrete tenía música.
Hacía rato que no tenía nada que vomitar. Regresé al salón para avisar de que intentaría dormir un rato; Abigail y sus primas estaban en bragas y mi colega riendo… creo que no me oyeron. Me fui a la habitación y no pude dormir. Estaba jodido. Esta vez me había pasado de la raya… y nunca mejor dicho. Sabía que no moriría, no era eso lo que me preocupaba, lo que de verdad me daba miedo era la sensación, la certeza de que me estaba volviendo loco. Me estaba dando cuenta por momentos de que la cabeza se me iba. Ya no era solo el sudor de la cara y las manos, no era la boca seca ni el corazón a cien por hora, no era el que no pudiera tragar o casi ni respirar, ni los temblores ni los pinchazos, era el saber que ya nada sería igual, que iba a ser un loco y me estaba dando cuenta de ello. Tenía que relajarme, si conseguía dormir seguro que todo pasaría, mañana me despertaría con una tremenda resaca y poco más. Solo tenía que relajarme, si al menos tuviera algo de caballo… pero no tenía. Salí al salón y conseguí convencer a una de las primas de Abigail en bragas para que me hiciera una tila y una mamada. La tila estaba un poco fría y sin azúcar.
Me fui a la habitación y ellos siguieron riendo. Tras varias horas Javier vino a dormir. Estaba cansado, cansado y contento. Yo le rogué por todos los dioses que no se durmiera, que me estaba volviendo loco, el me dijo que me relajara y se quedó dormido.
Abrí la ventana y el frío me taladró la piel. Era fácil acabar con todo, pero el terror a que aquello pudiera seguir aun después de muerto me retuvo. Poco a poco fueron llegando a mi perturbada mente las caras de mis gentes, de los seres vivos a los que quiero y por los que vale la pena seguir luchando. Cuando quise darme cuenta estaba dormido, desnudo.
Cuando desperté no estaba resacoso sino con la misma sensación con la que me acosté. Pedí socorro, pero creo que lo hice hacia adentro. Nos fuimos.
Durante mi recuperación tomé muchas tilas, siempre frías y sin azúcar.
Salud.

martes, 17 de junio de 2008

"El secreto de los poceros"

El secreto de los poceros Julián 3.



-Hijo, ¿has cogido la grasa y la cal?, guardarla al fondo de la esportilla, bajo las herramientas. ¿Y el bocadillo?…Ten cuidado con el carburo y que no se te mojen las cerillas que con las corrientes se te puede apagar y luego es muy difícil encontrar las salidas. Recuérdalo bien, debes taponar las cuatro de la duquesa de Alba; las del palacio de Liria y las del restaurante. Ten mucho cuidado con los resaltos que hay alguno de mucha altura. Si te caes en uno de los profundos no podré sacarte. Y sobretodo no se te ocurra salir al colector de la Gran Vía ni al de la Princesa, los guardias suelen estar a estas horas de ronda. Hijo, haz bien la tarea y luego nos vemos en casa.

Así se dirigía mi abuelo a mi padre, con tan solo doce años, antes de abrirle la tapa de la alcantarilla por la que debía introducirse para realizar el trabajo.

La pocería es una profesión sucia, oscura, rodeada de ratas y pulgas, de ratas con pulgas, de agua pútrida y arañas por los techos de las galerías, de soledad y claustrofobia, de estrechas tuberías infinitas por donde circula parte del mal olor de una humanidad que trata de disimularlo bajo metros de húmedos ladrillos reblandecidos.

Y allá iba mi padre cargado con la espuerta. Llevaba una paleta, algo de esparto, un martillo y un plástico. Al fondo de la espuerta un saco de cal y varios kilos de grasa de cualquier animal, normalmente de vaca, aunque servía cualquiera, para realizar la masa. La carga era pesada por lo que se ayudaba de unas pequeñas ruedas que había acoplado a la esportilla.

Había que andar un par de kilómetros entre los negros y húmedos túneles de Madrid. La distancia a recorrer era tan larga pues nadie podía saber que era lo que estaba haciendo. Los colectores principales de las calles de Madrid son amplios y muy caudalosos, el rugir del torrente de agua los hace extremadamente siniestros y peligrosos, las galerías más grandes tienen luces y el nombre de calles bajo las que se encuentran, por lo que, con algo de experiencia, es fácil moverse por los bajos de la ciudad.

Cuando llegaba a la zona donde tenía que operar, mi padre se cercioraba de que la acometida sobre la que tenía que actuar fuera la correcta. Cuando estaba seguro empezaba a preparar la masa; la cal, la grasa y un poco de agua de la que corría por las canaletas… un par de minutos y empezaba a taponar los desagües que le había encargado su padre, mi abuelo. El taponado de la tubería se hacía en dos etapas. Había que esperar unos veinte minutos entre una y otra para que la primera secara un poco y no se desmoronase. Era el momento ideal para tomar el almuerzo. Echaba el plástico en el mejor rincón que encontrara, se sentaba y ahora tocaba defender el bocadillo entre las decenas de ratas que le miraban hambrientas… casi tanto como él. Para este momento siempre llevaba un buen puñado de pipas crudas para compartir con ellas; las ratas son amigas de los poceros; destrozan tuberías, provocan hundimientos y vencimientos de arquetas, y sobre todo, donde hay ratas hay vida… oxigeno.

Tras el bocata y la segunda capa de esta especie de mortero, tocaba recoger y emprender el camino de vuelta.
La masa que surge de mezclar la grasa animal con la cal y con el agua, se asemeja mucho a los depósitos de detergente, jabones y demás que con el transcurso de los años se va depositando en las paredes de las tuberías de cemento, estrechándolas hasta provocar el atasco; la palabra mas hermosa que un buen pocero podría escuchar. Eso si, lo que de forma natural llevaría quince o veinte años, con esta maravillosa técnica no tardaría en ocurrir más de quince o veinte días.

Ya solo faltaba la segunda parte de la operación, en la que mi abuelo, era el principal protagonista. Debía pasarse los siguientes quince días dando vueltas por la zona con la vieja furgoneta pegando voces por el megáfono: “Francisco García, maestro pocero matriculado”, y esperar, a que la pobre duquesa de Alba, asustadísima cuando los malos olores empezaran a impregnar sus alcobas, le llamara para solucionar el problema.

Resolver este tipo de atasco podría llevarnos tan solo media mañana y unos pocos miles de pesetas. No habría más que mandar al chiquillo, a mi padre, a desatascar lo que él mismo había taponado. Pero no era así, nada más lejos, este tipo de obra solía durar unos cuatro meses y suponía el cambio de toda la red de saneamiento horizontal y por supuesto un buen dinero para la familia.

Con el tiempo mi padre tomo el lugar de mi abuelo como yo tomé el de mi padre y como pronto, mi hijo Julen, tomará el mío. Es importante ser pequeño para este tipo de operación.

Por último, no olvidéis, cuando entréis a un baño público, llenar la taza de papeles, trapos, plantas… cualquier cosa que tengáis a mano y que pueda provocar esa palabra cuasi orgásmica para cualquier buen pocero… mmmm… el atasco.

Salud.